El maquillaje, una práctica milenaria

Maquillaje es un término conocido por todos nosotros en sus dos acepciones: como el arte de decorar la piel y como los productos que la industria cosmética nos ofrece para tal fin. En la cotidianeidad, estos dos usos de la palabra se unen en el momento en que ponemos en práctica la tarea de embellecer nuestro rostro y de subrayar nuestros rasgos más característicos.

 

Al decir de muchos expertos en este tema, el maquillaje  es verdaderamente un arte. Y además de ser una práctica individual, es una expresión cultural muy significativa. A lo largo de las distintas épocas, los cánones de belleza se han ido modificando y, junto con ellos, también han ido cambiando las preferencias en cuestión de maquillaje.

 

 

Hablamos, en ese sentido, de que el maquillaje y el uso que de él hacemos es una práctica comunicativa. Mediante un lenguaje no verbal sino visual, expresa rasgos sociales y culturales tales como la pertenencia a un grupo, la particularidad individual dentro de esos grupos y, a nivel macro, el espíritu de época.

 

Entendiendo entonces la manifestación cultural que implica el hecho de resaltar algunas zonas del rostro, de elegir unos colores por sobre otros, de ser minimalistas o exuberantes y de querer transmitir un tipo determinado de belleza, es que haremos un breve recorrido desde los inicios del maquillaje hasta nuestros día. Porque, ¿sabías que esta práctica remonta su existencia a tiempos lejanos?

Maquillaje en rituales y como protección

 

En tiempos prehistóricos, el fin principal del maquillaje estaba ligado a rituales y actos sagrados, algo similar a lo que ocurría con las máscaras. Hombres y mujeres utilizaban en aquel entonces pinturas de origen vegetal y mineral para resaltar aspectos como el rol dentro del clan, el estatus social o la relación con el universo y, en algunas ceremonias iniciáticas, para bendecir a sus niñas y niños.

 

Allá entre los remotos años del Antiguo Egipto, la costumbre (femenina y masculina) era delinearse profunda y exageradamente el contorno de los ojos con kohl y otros polvos similares de color negro o verde. De esa manera, los egipcios resaltaban la profundidad de la mirada y sus condiciones encantadoras.

 

Además -y esto no es un dato menor- existía entre ellos la creencia de que ese maquillaje los protegía de las enfermedades. Y la razón es que las pinturas que se aplicaban, según investigadores franceses, contenían sales de plomo. Normalmente estas sales hacen bajar la producción de monóxido de nitrógeno, lo cual a su vez, fortalece al sistema inmunológico y, en estos casos particulares, podría haber prevenido infecciones en los ojos.

 

En la Antigua Grecia, con los antecedentes e influencias de los egipcios, se dedicaron a experimentar más con los preparados que ya venían elaborándose para fines cosméticos. Tal es así que incorporaron ceras con carbonato de plomo, barras de cenizas de madera y azafrán. El foco del cánon de belleza que entonces imperaba estaba puesto en realzar las cejas, en la simetría de las facciones y en los adornos para el cabello.

Blanco y radiante

 

Durante el Imperio Romano, la clave estuvo en encontrar aquellos maquillajes que sirvieran para blanquear la tez hasta lograr darle un aspecto de inmaculada porcelana. Así fue que apareció el maquillaje de plomo, utilizado para cubrir cicatrices, lograr uniformidad y la suavidad en la textura de la piel.

 

Muchos años más adelante y en otro contexto socio cultural, alrededor de 1550, volvió a imponerse el ideal de un rostro límpido y lo más blanco posible, razón por la cual se volvió a utilizar este maquillaje de plomo pero con un nuevo agregado: el vinagre. A esta mezcla, le llamaron “azúcar de saturno” o “albayalde de Venecia” y fue conocida por el uso que hacía de ella la Reina Isabel I. La obsesión por la blancura y perfección continuó hasta fines del siglo XIX: en la época victoriana incluso llegaron a aplicarse arsénico sobre el rostro.

 

A mediados del siglo XX cobró popularidad la sugerente estética pin up cuyo rasgo característico en cuanto a belleza se refiere fue resaltar la feminidad y sensualidad. Ícono indiscutido de aquella época fue Marilyn Monroe, con sus labios siempre pintados de rojo, sus ojos delineados y rodeados de pestañas bien arqueadas y sus mejillas rosadas.

Creatividad y disrupción aplicada al maquillaje

 

Los fenómenos punk y glam rock de los años 80 y 90 marcaron sin dudas un punto de inflexión con la actitud desafiante, provocadora y altamente creativa que, claramente, se vio reflejada en el uso del maquillaje. Aparecieron los colores brillantes y fluo combinados con el infaltable negro y se impusieron las líneas fuertemente marcadas que sobresalían de los párpados como flechas o rayos.

 

Desde 2000 hasta nuestros días se han ido sucediendo varias tendencias: el bronceado obligado y extremo para el rostro y para el cuerpo en general, el posterior minimalismo que invitaba a simular la no existencia de maquillaje en los rostros angelicales de las modelos más conocidas, el glimmer y glitter y los smokey eyes, entre otros.

 

Para 2018 se imponen con fuerza dos tendencias, tal vez contrapuestas por ser bastante extremas ambas. Por un lado, un maquillaje lo más sencillo posible cuyo objetivo es el de transmitir naturalidad, frescura y espontaneidad, así en las pasarelas como en la vida real. Por otro lado, un maquillaje que casi podría entrar en la categoría de artístico, dada su gran teatralidad y exageración: colores shockeantes sobre todo en párpados y con formas geométricas y detalles muy personales que refuercen la libertad y creatividad.

 

 

Dentro de las modas o los estereotipos de cada época que hemos mencionado a lo largo de este recorrido, cada quien hizo, hace y hará un uso personal y adaptado de las tendencias, bajo el concepto de que el maquillaje, además de embellecer, puede hacernos sentir seguras y únicas.

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